MARIE CLAIRE SPAIN
CASTRADORAS
Marzo 1994
MAITE SUÑER
Dirección artística: M. Jesús López Criado

Esta es la historia de dos mujeres, una canaria y una norteamericana de origen ecuatoriano, que se han sentado en el banquillo de los acusados por haber mutilado el sexo de un hombre. A Eugenia M. Sánchez Ojeda le ha sido recientemente indultada su condena inicial a seis años de prisión; Lorena Bobbitt, por su parte, ha sido absuelta por el jurado. Un final feliz para ambas que, sin embargo, no les ha hecho olvidar el infierno de humillación sexual por el que pasaron. En estas páginas cuentan como lo vivieron.

Este es el relato de dos explosiones de rabia y de humillación separadas por el tiempo y por la distancia que han tenido a dos mujeres por protagonistas. Dos sucesos que han acaparado en los últimos tiempos la atención de los medios de comunicación y de la opinión pública.

El primero de ellos se produjo el 24 de abril de 1986 en la localidad grancanaria de Telde, una pequeña ciudad de 84.000 habitantes; el otro sucedió al otro lado del océano Atlántico, en Manassas, Virginia, unos cuantos años después. En ambos casos, una misma arma: un cuchillo de cocina de considerables dimensiones, y un mismo objeto de la agresión: el pene de un hombre. Y dos agresoras que, antes de decidirse a cortar por lo sano, fueron mujeres agredidas.

Los casos de Eugenia M. Sánchez Ojeda y de Lorena Bobbitt, que tan amplia repercusión han tenido en los medios de comunicación, han sacado a la luz una de las más extendidas lacras de la sociedad: la violencia sexual. Algo que muchas mujeres, de diversas clases sociales, de diferentes ambientes culturales, de distintos países, sufren la mayor parte de las veces en silencio. Por soledad, por falta de apoyo, por miedo o, tristemente en no pocos casos, por necesidad económica. Violencia sexual amparada la mayor parte de las veces por un vínculo matrimonial que convierte la convivencia en un verdadero infierno del que no todas las mujeres tienen el valor, los recursos necesarios o la posibilidad de escapar.

Hasta que llega el día en que salta la chispa, en que se llega al absoluto convencimiento de que ya no queda nada que perder o en que no se piensa ya en nada. Y la humillación, las vejaciones padecidas se siegan a golpe de cuchillo. Para Eugenia y para Lorena, la mutilación del sexo masculino fue el símbolo de su liberación, el final de la pesadilla.


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Lorena le cortó el pene a su marido porque estaba harta de sus malos tratos. Declarada inocente, su juicio tuvo en vilo a todos los norteamericanos.

Un marine norteamericano, guapo, alto y fuerte, apareció en la vida de Lorena.

Para Lorena Bobbitt, una ecuatoriana menuda y tímida de veinticuatro años, la pesadilla se inició al mes escaso de su boda, cuando su marido la pegó por primera vez. Hasta ese momento, la suya había sido una vida feliz.

Lorena Gallo nació en Bucay, Ecuador, poco antes de que su familia se trasladase a Caracas, Venezuela, donde se crió con sus dos hermanos menores, en un ambiente de clase media en el que los padres compartían con sus hijos juegos, cariño y salidas al campo. Su padre trabajaba como técnico dentista y ella nunca vio en su casa paterna más problemas familiares que algunas peleas conyugales en un tono de voz más alto del habitual.

Cuando cumplió quince años, sus padres le regalaron un viaje a Estados Unidos para visitar a unos primos, y Lorena regresó a casa pidiendo que la dejasen continuar allí sus estudios. Aseguró que había descubierto en los Estados Unidos otro mundo, en el que, según sus propias palabras, «todo era rosa y hermosos”. Antes de cumplir los dieciocho, Lorena estaba instalada en Virginia, en casa de Irma Castro, una amiga de su familia que tenía hijas de su misma edad.

Además de estudiar, la joven ecuatoriana empezó a trabajar como niñera en casa de Janna, una divorciada con un hijo de tres años de la que pronto se convirtió en amiga. Llegó el verano y la familia Castro fue a visitar a unos familiares que vivían en Stafford, una pequeña localidad cercana a la base militar Quantico Marina. Lorena fue con ellos. Y allí conoció en una fiesta a un joven y atractivo marine con nombre duro de “western”: John Wayne Bobbitt. Al principio les costó entenderse. «Yo no hablaba inglés demasiado bien -cuenta Lorena-, y tenía la impresión de que él no podía entenderme. Yo tampoco comprendía muy bien lo que me decía.» John, sin embargo, le pidió su número de teléfono y la llamó al día siguiente. La menuda e ingenua ecuatoriana de largo pelo oscuro y el alto y apuesto marine de ojos azules empezaron a verse con regularidad.

Hicieron el amor, y todo resultó más duro y menos romántico de lo que ella creía.

Se contaron sus respectivas historias. La de John era más bien triste: su padre había dejado a su familia, y él y sus dos hermanos se criaron en casa de unos tíos, y John acusó el abandono y tuvieron que darle unas clases especiales para ayudarle a superar algunos trastornos de aprendizaje. A Lorena le pareció un chico completamente normal. "Era encantador -asegura- y no parecía tener problemas; solíamos hablar de mis estudios y se interesaba por lo que yo hacía.» Ni a Irma Castro ni a sus hijas les pareció que el marine fuese una buena compañía para Lorena y así se lo dijeron. A la madre de la joven, sin embargo, no le pareció mal el joven norteamericano que le presentaron durante una de sus visitas a Lorena.

Cuando conoció a John Bobbitt, Lorena carecía de experiencia sexual, y la primera vez que hizo el amor con él fue una semana antes de su boda, fijada, tras un año escaso de noviazgo, para el 19 de junio de 1989. A Lorena no le gustó demasiado la experiencia. Ella creía que hacer el amor era lo que había imaginado a partir de lo que había visto en el cine: besos, suaves caricias, tiernos abrazos... Pero la realidad que descubrió entre los fuertes brazos de su marine no tenía nada que ver con eso: "No fue nada delicado -cuenta-, se comportó con rudeza». Sin embargo, siete días después les unía en matrimonio un juez de paz de Stafford, Virginia, en una ceremonia seguida de un desayuno en un establecimiento popular. La nueva pareja se mudó poco después a otra pequeña ciudad del estado de Virginia llamada Manassas, donde se instalaron en un estudio en el que apenas había muebles porque el dinero escaseaba. Al poco tiempo la pareja se convirtió en trío: un primo de John vino a instalarse con ellos. Cuando Lorena protestó de que apenas había sitio para ellos dos, John fue tajante: »Tú no tienes nada que opinar sobre esto». Lorena comprendió por primera vez que le iba a costar mucho conseguir el respeto de su marido; el primo de éste se instaló en el salón de su estudio, en la esquina opuesta a la ocupada por la cama de los Bobbitt.

Durante una discusión mientras John conducía, él la golpeó por primera vez.

La relación sexual con John no había mejorado mucho para Lorena desde la primera vez. "Era sólo meter y sacar. Yo no disfrutaba en absoluto. Pero pensé que el sexo debía ser en realidad sólo eso y no lo que yo había imaginado. Lo acepté.” Sin embargo, lo que Lorena no podía aceptar era la idea de hacer el amor con su marido delante del primo de éste y le dijo que no quería hacerlo en esas condiciones. John empezó entonces a salir con su primo todas las noches, hasta que un día, un mes después de su boda, Lorena le dijo que ella también quería salir y los tres se fueron a pasar la noche a Washington.

“John empezó a conducir muy deprisa, zigzagueando por la carretera -cuenta Lorena-. Me puse nerviosa, porque pensé que nos íbamos a estrellar, e intenté agarrar el volante. Entonces John me empujó y después me pegó. Fue la primera vez que lo hizo.» Pero no la única; al regresar a su apartamento esa misma noche, John empezó a golpearla de nuevo nada más traspasar la puerta, con tanta violencia que uno de los guardias de seguridad del edificio, alarmado, fue a ver qué estaba ocurriendo.

La situación fue empeorando, a pesar de que el primo de John regresó finalmente junto a su familia. Las peleas surgían con cualquier motivo: discusiones sobre si el árbol de Navidad debía ser natural o de plástico, gritos porque la familia de John se presentaba de improviso el día de Acción de Gracias... Lorena asegura que John empezó a torturarla en el curso de sus cada vez más frecuentes peleas: »Utilizaba técnicas que le habían enseñado en los marines. Me golpeaba en el pecho y en los brazos».

A pesar de la marcha desastrosa de su unión con John Wayne Bobbitt, Lorena quería tener un hijo. Quizá arreglase la situación. Pero, cuando se quedó embarazada, la reacción de John fue decirle que estaba seguro de que ella no sería una buena madre, y la amenazó con dejarla si nacía el niño. El asunto terminó en una clínica de abortos.

Viendo el cariz que tomaba el matrimonio de Lorena, su amiga Janna le aconsejó que se divorciara, pero ella no quiso. En lugar de dar por concluida una unión que hacía agua, los Bobbitt se trasladaron en el verano de 1990 a una casa nueva, en Pine Street, cuya elección, naturalmente, también fue motivo de discusión: Lorena quería vivir en un piso, mientras que John quería una casita en la que pudiese tener un garaje grande, una de sus ilusiones. Al final, ganó él.

Malos tratos, violaciones constantes y un cuchillo de cocina de veinte centímetros.

La casa de Pine Street fue el escenario de los peores momentos de sus cuatro años de matrimonio. John dejó la Marina y, en los dos años siguientes, trabajó en diecinueve oficios distintos: taxista, albañil, »matón» de local nocturno... Lorena, por su parte, trabajaba entonces en el salón de manicura de su amiga Janna.

John empezó, según cuenta Lorena, a salir con otras mujeres, y las relaciones se hicieron aún más difíciles. Ella llegó a llamar a la policía en varias ocasiones y le acusó de intentar estrangularla. Después de una de sus habituales peleas, la violó por primera vez.

En octubre de 1991 decidieron separarse por un tiempo. John se marchó y Lorena, ante la imposibilidad de hacer frente al pago de la hipoteca, volvió a la casa de la señora Castro.

Un año después, John estaba de regreso. Encontró trabajo en un Burger King -que no le duró mucho tiempo- y pidió a Lorena que olvidara el pasado.  Intentaron empezar de nuevo una vida en común en un apartamento de Maplewood Park, pero las cosas no mejoraron. Entonces empezaron a pensar seriamente en el divorcio.

La noche del fatídico 22 de junio de 1993 Lorena fue a cenar con un vecino. Cuando volvió a casa, John no había regresado aún y ella se acostó. Un portazo la despertó de madrugada; era su marido. Intercambiaron algunas frases y, cuando Lorena intentaba volver a dormirse, John la violó una vez más.

Entonces Lorena fue a la cocina a beber agua y cogió un cuchillo de veinte centímetros. «Fui a la habitación. El estaba allí y yo..., yo levanté las sábanas y le corté el pene. Me acordaba de la primera vez que me pegó, de las veces que me había violado. Pensaba en muchas cosas y las imágenes pasaban por mi cabeza a toda velocidad. Quería que John desapareciera, que me dejara en paz. No quiero volverle a ver», cuenta Lorena llorando.

El jurado cerró el caso numero 338.321 con un veredicto de inocencia para Lorena.

Lo que ocurrió después lo ha recogido la prensa de todo el mundo al hacerse eco del juicio que sentó a Lorena Bobbitt en el banquillo de los acusados entre el 10 y el 21 de enero.

Lorena, con el cuchillo y el pene seccionado en la mano, se subió a su coche y arrancó en dirección a casa de su amiga Janna. Por el camino tiró el pene de su marido por la ventanilla. Un policía lo recogería unas horas después en el césped de un parque cercano. El cirujano plástico que atendió a John Bobbitt en el servicio de urgencias necesito nueve horas y media de intervención para reimplantarlo; una obra de arte, al parecer.

John, por su parte, no parece demasiado afectado por lo ocurrido. Según han contado algunos vecinos suyos, incluso bromea con el asunto: «Voy a ser un hombre muy rico», ha dicho y, para conseguirlo, ha puesto a la venta durante el juicio camisetas y otros objetos con estampados y frases alusivos a su mutilación. John fue absuelto en noviembre de las acusaciones de violación y malos tratos. Lorena, por su parte, respiró cuando el jurado -formado por siete mujeres y cinco hombres-, que se ocupaba de su caso, el 338.321, emitió, el 21 de enero, un veredicto de inocencia. El juicio, retransmitido en directo por tres cadenas de televisión, mantuvo en vilo a la audiencia norteamericana y levantó pasiones: un colectivo de mujeres ecuatorianas amenazó con castrar a cien «gringos» si Lorena era condenada. Ahora, una vez absueltos, ambos piensan en rehacer sus vidas. Y como para estrecheces económicas ya han tenido con las sufridas durante su matrimonio, John Wayne y Lorena han contratado a sendos agentes de publicidad que les ayudarán a sacar provecho economico de lo ocurrido. Emisiones de radio y televisión, suculentos contratos editoriales, e incluso varias ofertas de guiones cinematográficos basados en su historia, se amontonan en las mesas de ambos. Está claro que América es capaz de convertir cualquier cosa, cualquiera, en oro. Incluso algo tan peculiar como un pene cortado y recosido.

Tenían la relación normal entre cuñados que viven cerca y sus hijos jugaban juntos.

Hasta que su historia saltó a las páginas del diario «Canarias 7», la vida de Eugenia M. Sánchez Ojeda, una grancanaria de origen humilde, había sido anónima y difícil. Como muchas otras mujeres nacidas en la pobreza del campo canario, tuvo que empezar a trabajar a la edad de once años. No sólo fue precoz su entrada en la vida laboral, también lo fue su matrimonio. Eugenia se casó con tan sólo diecisiete años y se trasladó de su pueblo natal, Vecindario, al barrio teldense de La Viña, donde se instaló en casa de sus suegros hasta que su marido y ella pudieron construirse una casa.

«Yo siempre me llevé muy bien con la familia de mi marido». La proximidad hacía que hubiese una estrecha relación con toda su familia política. También con Francisco Caballero, casado con una hermana del marido de Eugenia.

«Teníamos con ellos la relación normal que puede haber en una familia y los hijos de Francisco pasaban mucho tiempo en mi casa.» Allí jugaban con los hijos que fueron llegando al hogar de Eugenia. Diez en total.

Pero un día Francisco empezó a pedir a Eugenia que se acostase con él. «Me había dicho que estaba loco por mí -cuenta Eugenia-, que si me hacía falta dinero -él ganaba entonces bastante dinero en la construcción-, no dudara en pedírselo a él. Me decía que pasaba por las mañanas delante de mi casa y que se acordaba siempre de mí. Llegó a proponerme que nos marchásemos juntos.»

Para no dar pie a posibles murmuraciones, Eugenia se negó siempre a que él entrase en su casa cuando ella estaba sola. Molesta con la situación que se estaba creando, le contó lo que ocurría a su marido. «El me dijo: "Ya tienes veintiocho años, eres una mujer mayor. Defiéndete como puedas".

Francisco empezó a perseguir sexualmente a las tres hijas de Eugenia.

«Cuando alguna vez se me ocurrió contar lo que estaba ocurriendo -prosigue Eugenia-, Francisco lo negó.» Era su palabra contra la de su concuñado, y Eugenia prefirió dejar las cosas como estaban.

De vez en cuando, Francisco volvía a insistir en sus insinuaciones sexuales a Eugenia, y ella volvía a decirle que no. «Aprovechaba sobre todo cuando veía que mi marido y yo teníamos alguna discusión, y yo le decía que no se metiera en lo que no era asunto suyo.» Cuando la mayor de sus hijos tuvo nueve años, Eugenia volvió al trabajo, que había dejado al empezar a tenerlos. «A partir de entonces, la niña se hacía cargo de sus hermanos cuando yo salía a trabajar.»

La jornada laboral de Eugenia era agotadora. «Yo me levantaba todos los días a las cuatro para preparar la bolsa con la comida de mi marido, que trabaja en la construcción. Después preparaba la comida para mí y los niños y me iba a trabajar a los invernaderos. En aquella época fue cuando compramos este solar y levantamos la casa.

Cuando la casa estuvo terminada, el marido de Eugenia quiso montar un bar, "Tres equis”, en una de las dependencias. "Yo empecé a ocuparme de atenderlo durante el día -prosigue Eugenia-, mientras que mi marido se ocupaba del bar por la noche y los fines de semana, mientras seguía trabajando el resto de la jornada en la construcción."

Entonces ocurrió algo que empezó a angustiar a Eugenia. M. del Carmen, la mayor de sus hijas, le contó que su tío Francisco había entrado en el baño de casa de los abuelos mientras ella se duchaba y había descorrido la cortina de la ducha. Al empezar a gritar la niña, que tenía entonces trece años, Francisco huyó.

"El lo negó todo cuando la niña se lo contó a su abuela -cuenta Eugenia-. Dijo que sólo había entrado para ver qué hacía M. del Carmen con el champú, porque gastaba medio frasco cada vez que se bañaba..

No fue la única vez que Francisco se acercó a su sobrina, ni sería M. del Carmen la única de las hermanas que sufriría su acoso. Su hermana Leocadia contaba, algún tiempo después, que el marido de su tía Teresa se había acercado a ella un día que estaba viendo la televisión y le había puesto la mano en el pecho. "La niña le mordió en la mano -cuenta Eugenia-, pero él volvió a negar que las cosas hubiesen ocurrido tal como Leocadia contaba.. La niña tenía quince años.

Obdulia, la quinta de las hijas de Eugenia, fue la tercera en sufrir el acoso de su tío. "Le levantó un día las faldas cuando tenía trece años y le tocó las nalgas, pero también esa vez lo negó."

Aquello era más de lo que Eugenia estaba dispuesta a soportar, y el 24 de abril de 1986 se presentó en la comisaría de policía para denunciar las agresiones sexuales que sus hijas venían padeciendo. Los policías le dijeron que necesitaban el testimonio de las niñas y le aconsejaron que volviera por la noche con ellas.

Cuando le cortó el pene con el cuchillo, la sangre saltó a metro y medio de la pared.

"Aquella noche -relata Eugenia- él apareció en el bar. Era poco después de las ocho y vino con uno de sus dos hijos -su mujer estaba embarazada entonces del tercero-. Me pidió una tónica y me dijo que se iba a dejarle a su mujer una jarra de leche y que después volvería a tomar la bebida. Se marchó y volvió a eso de las nueve y media."

Mientras tanto, Francisco le había dicho a su mujer que tenía que ir a comprar unos medicamentos para su madre. Cuando llegó me dijo: "No estás decidida? Venga, vamos, decídete". Yo estaba aquel día en una tensión nerviosa terrible y lo que en aquel momento pensé era que necesitaba una prueba para que él no pudiese seguir negando lo que venía ocurriendo. Entonces me metí en el bolsillo de la bata el cuchillo con el que estaba en aquel momento cortando carne en la barra del bar -un cuchillo de quince centímetros de largo- y me fui con él por el pasillo que comunica el bar con mi casa. El me llevaba de la mano y allí mismo, en el pasillo, se bajó los pantalones y los calzoncillos e intentó meterme mano.”

"Todo sucedió entonces muy deprisa -recuerda Eugenia-. En ese momento le cogí el pene y le hice un corte; quería que le quedase una señal. El no se dio cuenta de lo que había sucedido hasta que notó la sangre caliente. La sangre saltó a metro y medio en la pared y salpicó todo el suelo. Entonces Paco gritó: "Qué me has hecho?", y yo le dije: "Ahora ve a que te vean tu mujer y tu suegra, y creerán lo que las niñas han dicho de ti."

Francisco corrió a encerrarse en el cuarto de baño de su casa y se negaba a salir. Cuando finalmente lo hizo, su familia le trasladó al servicio de urgencias del Hospital Insular de Las Palmas. El cuchillo le había dejado el pene unido al cuerpo sólo por el conducto uretral. Necesitó una complicada operación y doce días de hospital para curarse.

Eugenia, acompañada de dos de sus hijos, fue a dar parte a la policía de lo que había ocurrido en cuanto Francisco salió de su casa.

Mientras estaba hospitalizado, Francisco Caballero empezó a hacer correr la versión de que Eugenia y su hija M. del Carmen le habían golpeado la cabeza y que, una vez inconsciente, le habían cortado el pene. La misma versión que defendió durante el juicio. Sin embargo, el médico que le había atendido aseguró en el juicio que, por la localización del corte, Francisco se encontraba consciente y en erección en aquel momento.

"Y tampoco había bebido -cuenta Eugenia-. Pero siempre ha sido de carácter raro y ha tenido varios enfrentamientos con la policía."

Seis años de condena, una semana de cárcel y, finalmente, el indulto.

Cuando el caso de Eugenia M. Sánchez Ojeda fue visto en el Juzgado de Instrucción n.° 1 de Telde, la sentencia reconoció que Eugenia había pretendido escarmentar a Francisco por los tocamientos libidinosos y miradas lascivas sufridos por sus hijas", pero la condenó a seis años de prisión y 340.000 pesetas de indemnización como autora de un delito de mutilación en grado de frustración.”

Eugenia sólo pasó una semana en la cárcel. "Fue terrible. Cuando salí de la cárcel tuve que tomar pastillas durante más de un mes para poder dormir. Estaba muy mal. No podía quitarme lo ocurrido de la cabeza."

A finales de diciembre, Eugenia recibió la noticia de que el Consejo de Ministros había reducido su condena inicial a un año de prisión. Y su alegría ha sido aún mayor cuando el pasado 26 de enero la Audiencia Provincial de Las Palmas le comunicó su indulto definitivo. "Me siento muy feliz," asegura.

Aun cuando no termina de comprender por qué sus denuncias contra Francisco no han tenido ningún resultado.  •

END