MARIE CLAIRE SPAIN
JEFF BRIDGES
"Disfruto jugando con mi apariencia”
Febrero 1994
Dirección artística: M. Jesús López Criado


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Proviene de familia de actores y eso le ha abierto muchas puertas, pero también sabe que no hubiera trabajado en tantas películas si fuera un mal actor.

Jeff Bridges es un chico amable y simpático que no responde a la clásica imagen de una gran estrella. Tiene cuarenta y cuatro años, lleva diecisiete casado con Susan, tiene tres hijas y ha demostrado a lo largo de más de treinta películas tener sólidas cualidades como actor. Criado en el seno de una familia de actores ‑Beau Bridges es su hermano y Lloyd Brigdes, su padre‑, se pasea con soltura por los platós desde muy pequeño. Lleva actuando veinte años y ha sido nominado para el Oscar por tres películas: «La última sesión», de Peter Bogdanovich ‑su primer éxito‑; «Thunderbolt y Lightfoot», de Michael Cimino, y “Starman”, de John Carpenter. Ha trabajado con directores de la talla de Huston y Coppola, y con actores como Jane Fonda, Michelle Pleiffer, Glenn Close, Robin Williams... Y ha interpretado los personajes más insólitos y diferentes. Fue aclamado por la crítica por su actuación en «El rey pescador», donde encarna a un «disc jockey» acabado que ayuda a un vagabundo a recuperar el Santo Grial en Manhattan. En «Secuestrada» interpreta a un escalofriante psicópata que aparentemente es un respetado catedrático y padre de familia. Sus dos próximas películas son «Fearless», de Peter Weir, con Isabella Rosellini y Rosie Pérez, y «American Heart», el primer proyecto de la productora del actor. Esta película pretende fijar la atención sobre el segmento ‑creciente‑ de la población norteamericana sin hogar y desfavorecida.

MARIE CLAIRE: Por lo que vemos en la película, "American Heart" es el nombre de un periódico que los presos utilizan para comunicarse con el exterior, pero ¿cuál es el significado simbólico del título?

JEFF BRIDGES: Prefiero que cada persona busque ese significado, pero personalmente pienso que nos muestra la clase de vida que lleva un gran porcentaje de la población mediante una dura visión de esa clase social, y ésta es una de las razones por la que quise emprender este proyecto, algo de gran significado para mí. Las estadísticas indican que, de las veintitrés naciones más desarrolladas, América es la número veinte en cuanto a mortalidad infantil se refiere; ¿te lo puedes creer? Tenemos mucho que aprender, en cuanto al cuidado de nuestros hijos y la juventud de este país, y es un grave problema que necesita ser atendido porque las condiciones van empeorando.

M.C.: Sí que parece que las cosas están empeorando, en cuanto al crecimiento del número de gente sin hogar y la violencia de las bandas en las ciudades americanas. ¿Qué cree que se podría hacer al respecto?

J.B.: Una de las cosas maravillosas del ser humano es lo bien que nos adaptamos, pero esto también tiene sus inconvenientes, porque nos acostumbramos a situaciones que no son las óptimas, como ver a gente viviendo en las calles. Así que de vez en cuando necesitamos recordarnos que hay gente viviendo en estas condiciones y que no debería ser así, que tendríamos que hacer algo para cambiar esto. Mi intención no es que «American Heart» sea un estudio moralista, porque precisamente la película no es nada sentimental en ese sentido, pero puede ayudar a arrojar un poco de luz sobre ese segmento de la población.

M.C.: No se suele ver en la pantalla a un padre como Jack, un ejemplo tan malo para su hijo, aunque trate de estar a la altura de sus obligaciones como padre. ¿Cómo se ha tratado la influencia que tienen el uno sobre el otro?

J.B.: A menudo, en la vida, cada uno de nosotros siente que tenemos nuestra propia prisión, y en el caso de Jack es la responsabilidad por su hijo. Pero, a veces, lo que tratamos de evitar, porque nos parece una trampa, resulta ser la llave que nos permitirá salir de nuestra celda particular. También puede ser al contrario, pues lo que consideramos que es la llave, la meta, es en realidad la prisión. En «American Heart», cuando este hombre sale de la prisión y se da cuenta de que se tiene que encargar de un niño al que no ha visto en cinco años, no quiere saber nada de él. Está asustado y no sabe qué hacer, porque él mismo creció sin un padre, nunca tuvo un ejemplo a seguir y no está acostumbrado a ningún tipo de sentimiento de amor. Aunque desea ser un padre para su hijo, no sabe cómo hacerlo. Es muy difícil para los ex convictos integrarse de nuevo en la sociedad; se les da cien dólares y se les dice que no pueden volver a frecuentar a sus antiguos amigos. Así que ya es bastante duro para Jack rehacer su vida como para que le añadan una nueva responsabilidad. El se siente atrapado por su hijo, pero, en realidad, el hecho de estar con su hijo y actuar como un padre le devuelve al buen camino; tiene algo por lo que vivir y una razón para hacer lo correcto, con lo cual, el tener esta responsabilidad es lo que le va a salvar al final. La moraleja de la historia es de esperanza, porque nos demuestra que, aunque la humanidad se mueve despacio, progresa poco a poco.


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Después de diecisiete años de matrimonio, Jeff Bridges dice que lo peor para un relación es habituarse a vivir separados porque en la distancia los sentimientos se atrofian.

M.C.: En la vida real usted es totalmente opuesto a Jack, un hombre de familia que pertenece a una clase económica privilegiada. ¿Le resulté interesante interpretar a un tipo dure de clase baja, a un rechazado de la sociedad?

J.B.: Enfoqué esta película como lo hago con todas; intento encontrar un modelo a seguir, alguien en quien basar mi personaje. Para «American Heart» tuve la suerte de contar con Eddie Bunker, que es un escritor maravilloso y actor y que había estado en la cárcel; lo tenía todo. Pasó bastante tiempo en el plató y me sirvió de guía, en lo que autenticidad se refiere; en los ensayos o en los rodajes siempre le miraba esperando un gesto de asentimiento. Y cuando estaba en Seattle, me entrenaba con un tipo llamado Bob, que estaba en un programa penitenciario que consiste en trabajar fuera y dormir en la prisión; él diseñó mi tatuaje y hablamos mucho. Mi compañera de producción, Rosilyn Heller, también me fue de gran ayuda, pues tenía experiencia en el tema al mantener correspondencia con una persona en prisión, y no dudó en compartir sus vivencias conmigo.

M.C.: Usted debe ser un buen ejemplo para sus hijas: un buen padre que no engaña a su mujer y un hombre entregado al cambio social en el mundo. ¿Cuáles son les causas que más le preocupan?

J.B.: Pertenezco a varias organizaciones del medio ambiente, pero dedico la mayor parte de mi esfuerzo a End Hunger Network (Asociación de Lucha Contra el Hambre). Estamos planeando diferentes proyectos; el último fueron los Premios de los Alcaldes para Terminar con el Hambre. Hicimos que los alcaldes de por lo menos cien ciudades repartiesen premios a aquellas personas de su comunidad que sobresaliesen por terminar con el hambre en la comunidad.

MC.: Ha habido problemas para llevar co­mida y ayuda a países asolados por la guerra, como Somalia y la ex Yugoslavia; hay gente que piensa que es necesaria una intervención militar. ¿Qué piensa usted?

J.B.: Es cierto, no basta con arrojar comida o dinero en un conflicto, los problemas son más profundos. Me alegro de que los Estados Unidos fuesen a Somalia, pero hubiese preferido un esfuerzo combinado con las Naciones Unidas. Esa es otra cuestión que me interesa y por la que estoy luchando, la reorganización de las Naciones Unidas.

M.C.: ¿Cómo le gustaría que actuasen las Naciones Unidas en el mundo?

J.B.: Que funcionaran como gobierno mundial. En cuanto se dice esto, nadie quiere perder su soberanía ya todo el mundo le da miedo el «gran hermano»; el concepto de un gran poder militar controlando a todo el mundo es aterrador. Pero hay ciertos temas que sí conciernen a todo el mundo, como son el hambre y el medio ambiente. Creo que hay necesidad de reestructurar las Naciones Unidas para que funcionen con más eficacia. Si existiese un gobierno mundial, se podría encargar de cosas como alimentar a la gente; porque conocemos los métodos de terminar con el hambre, pero no los hemos puesto en práctica. Se podría encargar de las dictaduras y las guerras, de los locos que luchan con armas nucleares.

M.C.: ¿Existe frustración por parte de su mujer porque es usted el famoso que se lleva toda la atención, mientras que ella no tiene éxito como fotógrafa?

J.B.: Me parece alucinante cuando pienso en nuestra re­lación. Su apoyo me permite hacer lo que hago. Es realmente admirable y está basado en el amor y respeto mutuo. Llevamos casados dieciséis años y entre película y película procuramos pasar el mayor tiempo posible juntos. Si te acostumbras a estar separado, dejas que esa parte de tu vida se atrofie y ya no sientes tanto; entonces, cuando te vuelves a reunir, cuesta un poco volver a lo de antes. Por eso procuramos mantener la relación viva. En cuanto a su deseo de tener una vida profesional, yo sé que las niñas la mantienen bastante ocupada, pero sí ha demostrado algún interés en su carrera, en tener algún estímulo aparte de los hijos. Pero eso es algo que le debería preguntar a ella directamente.

M.C.: Moda la sensación de que es un marido fiel...

J.B.: Acabo de ver a mi hermano en la televisión, en una historia real en la que un médico de Utah tiene tres familias, todas en la misma ciudad, e iba pasando de cama en cama. ¡Dios mío!, me he agotado sólo de verlo.

M.C.: Usted tiene tres hijas, ¿ve alguna diferencia entre cómo se educe a las chicas ya los chicos? ¿Cómo es la relación entre padres e hijas?

J.B.: Al no tener un hijo es difícil contestar. Mis chicas son muy deportistas: juegan al fútbol y al baloncesto y les gusta el atletismo, con lo cual yo hago deporte con ellas. La mayor tiene once años, así que todavía no han llegado a la edad de salir con chicos. No sé qué va a ser de mí cuando llegue el día, no tengo ni idea. Pero se identifican más con el progenitor de su mismo sexo; son como su madre. Supongo que una de las formas de influir en ellas es a través del ejemplo. Yo las respeto y quiero que ellas me respeten a mí. Saben cómo engatusarme, ¡me tienen a su merced!

M.C.: Su hermano Beau y usted son actores, también su padre, Lloyd Bridges, es actor, ¿ha supuesto esto una ventaja o un inconveniente en Hollywood?

J.B.: Para mí ha sido una gran ventaja. Una de las cosas más duras de ser un actor es conseguir meter el pie en la puerta. Es como un círculo vicioso, porque siempre piden ver tu trabajo, y si no has trabajado todavía, entonces no te quieren. En mi caso, a los seis meses ya me paseaban por los estudios de grabación. Más tarde, mi padre me preguntaba si quería faltar al colegio para hacer algún pequeño papel, ya mí eso me encantaba. Cuando era pequeño, se solía sentar en mi cama y repasar conmigo todas las bases para actuar. Y hoy en día sigue aconsejándome; de vez en cuando le llamo cuando tengo alguna duda. Ha sido una gran ventaja para mí. Aunque hay un momento en que puede tener su lado malo: a veces te preguntas si no te estarán eligiendo sólo por ser el hijo de tu padre. Pero después de trabajar varias veces piensas que no pueden ser tan tontos y que no me contratarían si fuese un mal actor.


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Con su padre, Lloyd Bridges, que también es actor. Fue quien introdujo a Jeff en el mundo del cine desde niño, proporcionándole papeles en sus peliculas y series.

M.C.: Parece que siempre desempeña papeles muy distintos. No siempre es el protagonista en películas importantes, e incluso acepta papeles extraños en películas poco convencionales. ¿Le gusta?

J.B.: Sí, disfruto mucho interpretando diferentes tipos de personajes y jugando con mi apariencia física. En realidad, no he desarrollado un prototipo, un personaje que interpreto una y otra vez en diferentes películas. Me gusta colorear mi imagen, mezclar las cosas y representar personajes insólitos; cuantas más facetas enseño, más me divierto. El público entra en el cine llevando cierto lastre; inconscientemente esperan algo de ti basado en tu última película. Lo que me gusta que piensen de mí es: «Me pregunto qué hará esta vez». También he descubierto que si das esa imagen, es más probable que te ofrezcan una mayor variedad de papeles.

M.C.: ¿Se lleva a los personales a casa?

J.B.: Supongo que depende de la escena o la película, pero no me los llevo conscientemente. Sin embargo, si le pregunta a mi mujer, seguro que le dice que sí lo hago.

M.C.: ¿Qué clase de hombre interpreta en su próxima película, "Fearless", de Meter Weir, y qué le atrajo de la historia?

J.B.: Es difícil resumirlo en una línea, pero trata sobre un hombre que tiene una experiencia que le acerca a la muerte y de qué forma esto va a afectar a su vida. Isabella Rosellini interpreta a mi mujer y Rosie Pérez a otro pasajero que ha vivido la misma experiencia. No me gusta especificar que se trata de un accidente de avión, porque te imaginarías algo distinto de lo que es. Esta película me resultó atractiva por muchas razones, y la principal es que trata sobre la muerte, que es algo a lo que todos nos enfrentamos en la vida; y este guión era muy claro sobre el tema, muy gráfico, a través de la vida de un hombre. Yo me sentí muy identificado, y estoy seguro de que a más gente le ocurrirá lo mismo. Es una película que reafirma la vida, pero no deja todos los cabos bien atados, y me gustó su tono. Además, era una oportunidad de trabajar con Peter Weir, cuyas películas admiro.

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