MARIE CLAIRE SPAIN
LIAM NEESON
"Peco de ser demasiado buena persona"
Abril 1994
ELISA LEONELLI
Dirección artística: M. Jesús López Criado


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Su interpretación en “La lista de Schindler” le ha valido varios premios y también ser nominado al Oscar al mejor actor.

Liam Neeson, de 41 años, nació en Irlanda del Norte. Fue actor de teatro en Belfast y Dublín antes de trasladarse a Londres, en 1981, después de que le diesen un papel en «Excalibur». Fue su novia, la actriz Helen Mirren, la que le introdujo en el mundo de los actores británicos; vivió con ella cuatro años antes de trasladarse a Los Angeles, en 1987. Interpretó a un vagabundo sordomudo en «Sospechoso», defendido por Cher en el papel de abogada; fue un artista que se convierte en amante de Diane Keaton en «The good mother»; un hombre desfigurado en "Darkman"; un boxeador irlandés en «Crossing the line»; un oficial nazi en «Resplandor en la oscuridad», con Melanie Griffith; un detective en «El silencio de la sospecha»; un sheriff que se enamora de Debra Winger en «Leap  of Faith», y un terrorista en «Réquiem por los que van a morir». Pero su cotización ha subido especialmente en los dos últimos años, después de que interpretase al amante de Judy Davies en «Maridos y mujeres», de Woody Allen; a un marido desgraciado en "Ethan Frome", con Patricia Arquette, y, especialmente, tras interpretar en Broadway a un fogonero desnudo en la obra de Eugene O'Neil «Anna Christie». Su compañera de reparto, Na­tasha Richardson, no pudo resistirse a sus encantos y dejó a su marido para mudarse al apartamento de Neeson en Manhattan. Hay muchos otros nombres conocidos entre las mujeres con las que Liam Neeson han mantenido una relación sentimental, como Julia Roberts, Sinead O'Connor, Barbra Streisand, Brooke Shields y Jennifer Grey. No cabe duda de que es un hombre al que le gustan las mujeres, y lo cierto es que ellas le corresponden.

Ahora ha interpretado a Oscar Schindler en «La lista de Schindler», un industrial alemán que salvó a más de 1.100 judíos de los campos de concentración dándoles trabajo en su fábrica de esmaltes de Cracovia.

MARIE CLAIRE: ¿Qué diferencias hay entre el verdadero Schindler y el personaje bebedor y mujeriego al que usted da vida en «La lista de Schindler»?

LIAM NEESON: Schindler fue en realidad un espía que trabajó para las fuerzas que lucharon contra la Alemania de Hitler; odiaba el nazismo. Su vida tuvo como finalidad obstaculizar cuanto pudo la maquinaria de guerra de los nazis. En la película nos permitimos ciertas licencias dramáticas, porque si se presenta un hombre bueno de los pies a la cabeza, resulta menos interesante. De la forma en que se ha hecho resulta más humano, porque es un hombre lleno de contradicciones. No es un san Francisco de Asís, pero sus defectos, al igual que sus virtudes, tienen su valor.

M.C.: ¿Cuál es la verdadera fuerza de Steven Spielberg como director?

L.N.: Ante todo, me impresionó su energía. Tiene una energía increíble en todo momento; a medida que pasaban los días, las semanas y los meses, parecía un tren de vapor que iba acumulando velocidad. Estaba inspirado, daba la impresión de ser una persona en la cima de su poder creador; todos estábamos inmersos en un maravilloso proceso artístico compartido, cautivados por su energía y motivados por ella.

M.C.: El objetivo de «La lista de Schindler» es, según Spielberg, concienciar a la gente sobre un episodio de nuestra historia. ¿Le parece importante hacer películas con mensaje?

L.N.: Mensaje es una palabra que limita, pero, sí, es una película importante. No puedo comparar lo que significa trabajar en una película así con mis experiencias anteriores. Es necesario que recordemos ese terrible episodio, por lo que ocurrió después, pero también por lo que está ocurriendo actualmente en el mundo, y existe un gran paralelismo con lo que está pasando en los Balca­nes. También existe cierto paralelismo con el problema del sida, porque nuestra actitud con respecto a quienes lo padecen es muy del estilo «nosotros contra ellos»; queremos alejar a esa gente, apartarlos de nosotros, dividirla sociedad, y así es como nace el fascismo.

M.C.: ¿Qué sabía usted del holo­causto antes de hacer la película y en qué medida le ha cambiado esta experiencia?

L.N.: Tengo recuerdos de cuanto tenía diez u once años, en mi casa, en Irlanda, y veía en la televisión la serie «El mundo en guerra», narrada por Laurence Olivier. Me sentaba con mi familia los domingos por la tarde y veíamos el documental de la liberación de los campos; sin comprender realmente lo que había pasado, pero sintiendo el estómago encogido porque era espantoso y veías una clase de seres humanos que nunca habías visto hasta entonces. Después de esa experiencia de mi infancia he leído diferentes libros sobre este tema ya de mayor ‑soy un lector voraz‑ y, naturalmente, intensifiqué estas lecturas durante la preparación de la película. No sé en qué me ha cambiado; forma parte del proceso de evolución.


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“Excalibur”, “Sospecho”, “Réquiem por los que van a morir”, “Maridos y mujeres” y “Ethan Frome” son algunas de las películas en las que ha intervenido.

M.C.: ¿Tiene usted cierta similitud con Schindler, dado que es usted un hombre con fama de gustarle las mujeres y que está considerado como un «sex symbol»?

L.N.: No, no creo que haya mucha similitud entre Oscar Schindler y yo, salvo en el hecho de que los dos medimos más de dos metros y los dos fumamos. Creo que las mujeres son estupendas y prefiero su compañía a la de los hombres. Puede que sea porque crecí rodeado de cuatro mujeres, mi madre y mis tres hermanas, y siempre había en casa amigas suyas. Creo que las mujeres tienen cierto misterio que nunca se consigue desvelar y del que los hombres, en general, carecen. Las rubias de pecho abundante que están tan de moda me aburren, no me parecen nada sexys, parece como si hubiesen salido todas de la misma fábrica o del mismo cirujano plástico. Las dos únicas cosas que me impresionan son la belleza física y el talento; no importa de qué clase.

M.C.: «La lista de Schindler» le ha hecho acreedor a varios premios y le ha convertido en un hombre rodeado de cierta aura de romanticismo, al estilo de las viejas estrellas de Hollywood. ¿Cómo cree que influirá en su carrera esta nueva imagen?

L.N.: Para un actor hacer una película como «La lista de Schindler» es una bendición y una maldición. Una bendición, porque es maravilloso trabajar con tan buenos artistas y técnicos, porque eso hace crecer tu talento y tu arte. La maldición viene después, cuando te vuelves a casa; entonces encuentras entre el correo dos guiones sobre los que te hubieses lanzado un año antes y no resisten la comparación con esta última experiencia, de forma que dices: «¡Olvídalo!». Por esta razón no he vuelto a trabajar desde que terminé la película, y hace ya bastantes meses.

M.C.: ¿Cómo fueron sus años de infancia y adolescencia en Irlanda, sus días de boxeo y su formación como actor teatral?

L.N.: Boxeé desde los nueve años hasta los dieciocho, siempre como amateur. Me sigue gustando mucho el boxeo y soy un fan del boxeo profesional. Vengo de una familia católica irlandesa de clase trabajadora. Mi madre, Kitty, era cocinera en un colegio de chicas; mi padre, Barney, trabajaba como conserje en un colegio de chicos. Tengo tres hermanas: Elizabeth, Bernadette y Rosaleen; dos de mis hermanas son maestras y tengo un montón de sobrinos y sobrinas. Me eduqué en una escuela secundaria católica y después fui a una escuela técnica; también estudié un año de universidad en Belfast. Las asignaturas de ciencias eran mi especialidad: informática, matemáticas, física... En cierto momento quise ser arquitecto, pero para entrar en la escuela de arquitectura exigían unas calificaciones que estaban fuera de mi alcance. También quise ser sacerdote ‑había sido monaguillo‑, maquinista de trenes y muchas cosas más. Durante todos esos años hice teatro como aficionado, alternándolo siempre con mis estudios.

M.C.: ¿Qué clase de vida lleva ahora que vive entre Los Angeles y Nueva York?

L.N. Pues una vida muy sencilla y muy disciplinada. Me levanto a una hora razonable, preparo el té, hago gimnasia, nado, leo mucho ‑trato de dedicar todos los días un cierto número de horas a la lectura‑, salgo con algunos amigos. En eso consiste mi vida básicamente. Creo que es importante mantenerse sano, porque estuve muy enfermo hace cuatro años: una extraña enfermedad en el colon (diverticulosis), a pesar de que estaba muy sano; eso me hizo comprender lo importante que es cada día, cada momento de la vida. Los irlandeses tenemos un ritmo de vida muy tranquilo comparado con el que se lleva en Los Angeles o en Nueva York, así que trato de mantenerlo. Cuando voy a Irlanda todo el mundo me dice que me tranquilice.

M.C.: ¿Qué piensa de la fama y de los premios?

L.N.: En cierto sentido, es maravilloso que la gente te abrace y te reconozca, pero, sabe, actuar no es un remedio contra el cáncer, y las películas nunca han hecho que cambie la sociedad o el mundo. A lo sumo consiguen que uno reflexione sobre una situación, sobre una relación, que descubra algo que lleva en su interior; pero el cine es, sobre todo, diversión. Si empiezas a creer que eres el ombligo del mundo, puede resultar peligroso.

M.C.: ¿Cuál cree que es su mayor defecto?

L.N.: A veces soy demasiado buena persona y se aprovechan de mí. Me gustaría no ser tan abierto.

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